Cero-Uno: Cyborgs en la vereda

La siguiente es una nota que desarrollé pensando en como, poco a poco, vamos en camino de convertirnos en cyborgs. ¿Será la cruza entre la máquina y el hombre el salto evolutivo más grande de la historia?

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Cyborgs en la vereda

 

1. El camino

En ocasiones experimento un serio pesimismo acerca de las relaciones humanas. Este sistema que nos une en comunidad no solo es complejo sino que —al mismo tiempo— tiende a alienarnos. Paradoja o no, es inevitable delegar parte de la culpa a los forjadores de nuestro muy occidental modo de vida. Claro que cuando indagamos en las razones que tienden a pudrir nuestros núcleos familiares es que encontramos que el problema viene —como una infección— pegado al germen de la semilla.

¿Es posible un mundo mejor? ¿Se puede soñar con ello?

Quizá, pero si con este deseo evocamos la imagen de una pradera poblada por conejos y mariposas… debo decirle que estamos en aprietos. Reconózcalo, ¿acaso imagina a su hermano y a su suegra recostados en la grama? ¿Qué tal sus vecinos? ¿Y el almacenero? Se hace difícil ¿verdad?

Tendemos a idealizar los instantes de paz como una suerte de reconexión con lo natural, pero lo hacemos dentro de la comodidad de lo individual. De este modo, me cuesta imaginar un futuro en que todos ganemos la pradera para revolcarnos sobre un césped (que no es tal) e interactuar con tiernos animalillos dispuestos a ser nuestros amigos mientras no nos den ganas de comer un asado. Es más, me cuesta imaginarnos en la pradera sin encontrarnos buscando el mejor lugar para emplazar un enorme y lujoso hotel desde donde observar tanta belleza… afuera.

En mi humilde opinión, se hace claro que transitamos un camino diferente, alterno a lo natural, de la mano de nuestras tecnologías.

Ni bueno ni malo; diferente.

 

2. Ser digital

Hace ya varios años leí un libro de Nicholas Negroponte (fundador del MIT Media lab) en el que se postulaba la idea de que nuestra civilización caminaba, de manera lenta pero consistente, hacia un futuro digital. Negroponte teorizaba acerca de mercados revolucionados por nuevas tecnologías y apostaba a —como mucho— grandes sistemas de comprar y venta por medio de la —por aquel entonces incipiente— World Wide Web.

Eran tiempos de grandes cambios. Ese grupo de nerds que en los años ochenta jugaban a quebrar códigos telefónicos para realizar llamadas internacionales sin costo habían mutado en empresarios de un mundo virtual. Así llegó el boom del .com, las desorbitadas cotizaciones en bolsa de compañías fundadas en casas rodantes y el subsiguiente y lógico desmadre de la explosión de la burbuja.

Claro que no todo estaba perdido. De las cenizas del .com nacía la Web 2.0, con sus blogs y foros, ensayos de lo que llegaría más tarde: las redes sociales. Internet se mostraba como un medio de comunicación enorme e incontrolable y ya se podía hacer la compra semanal por medio de un sitio… el único problema es que las computadoras, el hardware, seguían siendo un tosco pedazo de plástico, vidrio y metal ocupando los escritorios de medio planeta. Nadie, en su sano juicio, podía pensar en un ordenador como algo menos que aparatoso, incluso en sus versiones portátiles. La tecnología avanzaba al paso de la ley de Moore pero el Fax (monstruo precámbrico) seguía reinando en las oficinas por sobre la comodidad económica y ecológica del correo electrónico.

Al mismo tiempo, los salones de chat se presentaban como la nueva “pradera”. Noticias de miles de millones hablando “gratis” por internet, noticias de “peleas” por la Web… noticias de casamientos. Internet se adaptaba al hombre, poco a poco, pero no dejaba de estar confinada a ese trasto espantoso en medio del living.

 

3. ¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡He visto un lindo cyborg!

Hoy, tras levantarme, fui a ver el sol. El mediodía se mostraba quieto como el de cualquier otro domingo. Ningún automóvil, un par de perros, los pájaros de siempre y tres o cuatro cyborgs: el vecino con su audífono, caminando como cada mañana; una muchacha escuchando música desde su celular y enviando mensajes de texto al mismo tiempo; un niño sentado en la puerta de su casa con su madre y una netbook, el atleta de la otra cuadra escuchando radio con su móvil y controlando las pulsaciones con una aparejo que se ata en la muñeca… un verdadero desfile de personas con sus máquinas, cada cual en su pradera personal.

La tecnología de la miniaturización nos trajo ordenadores cada vez más ubicuos y, denlo por hecho, lo seguirá haciendo. Cada vez más aparatos traen integrados pequeños procesadores que tienden a unirse en redes, a suplir nuestras necesidades comunicacionales, físicas y emocionales; lo mejor es que no los vemos. Al móvil o celular lo seguimos considerando como un teléfono pero dista ya mucho del invento de Antonio Meucci (no, no fue Graham Bell) con el que solo podíamos decir “Hola” y esperar una respuesta. Los móviles son verdaderos ordenadores portátiles que nos conectan con esas otras personas que esperamos, estén en nuestra pradera. Y qué decir de los lentes de realidad aumentada, que nos ofrecen información en tiempo real de lo que estamos observando o de los siniestros implantes que algunos gobiernos amenazan con hacer obligatorios y que pueden significar tanto como estar —o no— dentro del bendito sistema.

También podemos hablar de las prótesis, como el audífono del vecino o los lentes que permiten que algunos ciegos diferencien formas y colores, al conectarse por medio de la lengua. Y qué decir de brazos y piernas biónicos que no solo funcionan con los nervios que han quedado en el muñón sino que también amenazan con presentar aptitudes tan necesarias y estimulantes como el tacto… todo esto, la semana entrante.

Podemos extender la mirada, ver como en unos años llevaremos nano procesadores en nuestros cuerpos que medirán nuestra presión sanguínea y podrán alertarnos de cualquier riesgo orgánico, así como también conectarnos con cualquier artefacto que nos rodee o controlar un robot a distancia para que haga las cosas que no queremos hacer.

No hay límites, lo vemos, lo vivimos, lo palpamos. Solo resta asimilar la idea de que seremos asimilados por nuestras propias máquinas… es que la pradera está hecha a medida y viene con pasto de silicio.

Si me preguntan (que no lo han hecho) veo muy probable que la evolución del hombre este directamente relacionada a la integración de las máquinas en nuestros organismos. Juntos, en el abrazo bio-digital, mejoraremos o nos destruiremos por completo. Lo que es innegable es el camino, el paso que llevan esos cyborgs en mi vereda.

Autor: Fernando Silva.

Licencia Safe Creative.

Código de registro en Safe Creative: 1003105723521

Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC

Todos los derechos reservados.

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Cero-Uno: Digital memories [Banda de sonido original]

Segunda sorpresa de la semana, correspondiente al martes 15 de mayo…

Digital memories (Recuerdos digitales) – Versión demo.

Musica y video: Fernando Silva. Registrado bajo licencia Safe Creative.

*Esta canción esta inspirada en los tumultosos recuerdos de Luana, la mayoría sobre su “infancia” que no es otra que el período de entrenamiento. Además, incluye una frase de la novela. ¡Espero les agrade!

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Cero-Uno: Alone [Banda de sonido original]

Esta es la última semana de Cero-Uno, lo que quiere decir que este viernes 18/05/2012 sabremos como termina todo esto. También significa la finalización de un trabajo extra, el que agrego siempre a mis producciones, música y diseños varios. Como he decidido publicar las cinco “canciones” en las que he trabajado para la banda de sonido les comparto la primera:

Alone (Solo) – Versión demo.

Musica y video: Fernando Silva. Registrado bajo licencia Safe Creative.

*Esta canción en particular es la más tranquila de las cinco. Inspirada en el minimal y el ambient (así como los teclados repetitivos de Trent Reznor), intenta expresar los pasajes de tensa calma que abundan en Cero-Uno. ¡Espero les agrade!

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Cero-Uno: Capítulos 32 y 33 |EDITADOS|

Esta semana volvemos a tener dos capítulos completos de Cero-Uno. Como habrán podido apreciar en el adelanto varias son las cosas que le suceden a Luana, por dentro… aunque bien podrían llegar al exterior y definirle el andar por caminos que nunca hubiera imaginado.

Capítulo 32 – Novus

Capítulo 33 – Protegerás (el fuego y el ángel mestizo)

Wallpapers de hoy:

Cero-Uno | Parte 6 | Capítulo 33: Protegerás (el fuego y el ángel mestizo)

Cero-Uno

Parte 6: El sueño, la identidad

Capítulo 32: Protegerás (el fuego y el ángel mestizo)

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En la habitación aturdía el eco de los disparos febriles que se cruzaban en el exterior. Cada uno podía ser la esperanza o la perdición, pero no había forma de saberlo. Por lo que allí, el silencio era el único lenguaje comprensible. Evan e Ima tampoco se movían. Esa suerte que significaba la supervivencia estaba atada a la del ciborg; no tenían mucho más que hacer que abrazarse y esperar el resultado de ese pandemonio.

 

*     *     *

Luana salía al túnel sin mayores problemas que mantener la concentración. Esa quimera biodigital que daba forma a sus pensamientos estaba sobrecargada, en pleno proceso de actualización. Incluso su modo de combate, programado para activarse casi por reflejo, tardaba en analizar la situación. Pero el ciborg sabía bien que podía reducirlo todo a dos puntos centrales: Cero-Uno estaba al tanto de su traición y, gracias a la explosión del departamento, solo quedaban quince androides de combate operativos… once. Aun así, enfrenarse a esas máquinas en inferioridad de números y condiciones cognitivas era poco menos que un suicidio… así lo habría catalogado el Creador Unidad y no tenía razones para contradecir el pronóstico.

Claro que allí estaban esas once razones para cumplir con su mandato original, esperando con las armas en alto, con las linternas de led alumbrando desde los laterales de esas cabezas macizas que parecían cascos Nazi. Le seguían con la mirada, con las armas, con las miras integradas, no había forma de volver atrás.

*     *     *

Luana extendió los brazos y mostró dos pistolas automáticas, el ciborg era una cruz que escupía fuego y plomo, girando primero sobre su eje y dando un salto después, con el que esquivaba los disparos de sus enemigos, y les obligaba a darse una balacera entre ellos mismos.

Claro que ganar un agujero o perder un brazo no eran lesiones graves para esos soldados de cables, plástico, aleación y silicio. Habían sido pensados para mantenerse letales incluso con un solo miembro pegado al cuerpo; y eso Luana lo sabía. Lo que no podía imaginar era si sería capaz de detenerlos. Estaba más que preparada para enfrentar y aniquilar hombres, para lacerar carne, pero aquello era muy diferente.

El ciborg cayó en medio de los androides y esperó el avance. Cinco fueron los que se apresuraron a tomarle por los brazos y el cuello mientras los otros seis formaban un círculo, cubriendo cada ángulo de escape. Pero Luana no pensaba más que en balance. Mientras sus captores luchaban por mantenerle inmóvil, ella calculaba las fuerzas impuestas sobre su cuerpo, el equilibrio de los soldados. Cuando estuvo segura de haber encontrado el punto justo se limitó a soltar cada músculo de su cuerpo, tanto los de carne como los de nanofibras. Así fue a parar de rodillas contra las vías mientras los androides —que se habían abrazado para contener sus embates— se despedazaban mutuamente al intentar retener su cuerpo. El ciborg vio caer los trozos a su alrededor, entonces tomó un brazo —que aún chispeaba— y arremetió contra los dos que le apuntaban de frente. Al primero le arrancó la cabeza desde el cuello, al otro —al que llevaba la insignia de líder de grupo— le dejaba desarmado.

Los cuatro restantes abrieron fuego. El plomo rompía la carne de la espalda de Luana mientras se desesperaba por arrancar los brazos del líder, con sus propias manos. Entre los impactos y el esfuerzo el rostro del ciborg fue mutando de ese perenne aspecto despreocupado a una serie de muecas que variaban de la ira al desquicio, mismas que se marcaron a fuego cuando pudo arrancar, al fin, los ojos del androide de un tirón.

Pero la balacera había hecho su trabajo. Luana notó como su sistema amenazaba con reiniciar, como las piernas de pronto dejaban de responder, llevándole de espaldas al piso, arrastrando con sus manos los ojos y el cableado de la máquina, que se sacudía en frenéticos espasmos. Fue un momento… en que los soldados dejaron de disparar. Entonces, el ciborg tomó una ametralladora y giró sobre su cintura.

Tres disparos dieron en el blanco. Era mucho más de lo que nadie podía pedir. Sola, casi desarmada, se las había arreglado para destrozar catorce androides de guerra. Pero no había sido suficiente, no al menos en vistas de proteger al Creador Unidad.

Luana notó unos dedos en el cuero cabelludo, luego su frente dando contra el piso. Sabía que le iban a romper el cráneo y solo pudo pensar en ello, una y otra vez, hasta que ya no sintió nada más.

 

*     *     *

«Nunca más. No volveré a verlos. Mientras hacemos este camino lo veo bien claro, no hay manera de que me dejen en paz. El disparo de este androide de guerra, la bala que me acaba de perforar el brazo es la misma que ahora rueda frente a mis pies. Sano muy rápido, tanto que pasan minutos y ya no siento dolor. Así es como Cero-Uno me ha dado estos pulmones artificiales, así es también como me rastrea, como sabe siempre donde estoy.

Han de ser nanomáquinas en mi sangre… si, eso es, es el trabajo de Meyer, quien mierda haya sido Meyer. No hay manera de pensar en rescatar a nadie, no con Luana muerta y una bomba nuclear a punto de caernos en la cabeza. Para colmo, será cuestión de que caigas en cuenta, idiota, que ahora eres algo así como un ciborg.

Nadie, nunca, puede prepararse para algo como esto; no hay manera. Pero espero que hayan muerto ya, y que haya sido sin dolor; es lo único que pido.

Esto está terminado, es el final y no hay nada que puedas hacer Evan. Quizá, rezar por que se apiaden y te maten pronto, o te dejen la posibilidad de terminar con tu vida».

Autor: Fernando Silva.

Licencia Safe Creative.

Código de registro en Safe Creative: 1003105723521

Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC

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Cero-Uno | Parte 6 | Capítulo 32: Novus

Cero-Uno

Parte 6: El sueño, la identidad

Capítulo 32: Novus

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Luana había quedado, literalmente, de boca abierta. Sucedía, se ejecutaba, bien por dentro, una mar de procesos que invadía el cerebro artificial con una nueva lógica… o una incipiente falta de ella.

Lo había visto todo, cubierta por la oscuridad del pasillo de entrada a la habitación donde Ima había dado a luz a la niña. Y daba unos tímidos pasos hacia delante, arrastrada por el extracto digitalizado del momento mismo del misterio de la vida. ¿Cómo podía racionalizarse todo lo que había sucedido? ¿Era esto lo que llamaban amor?

 

*     *     *

—Detrás de ti —Ima fruncía el ceño y señalaba con la pera lo que explicaba en palabras.

—Luana, sabía que estarías cerca —Evan apenas torcía el cuello, pero con esa sombra a su derecha le bastaba para saber a quien le hablaba.

—Sabes también que no estoy sola, que te seguimos de cerca todo el tiempo a pesar de tus esfuerzos.

Evan parpadeó varias veces mientras se llevaba la mano izquierda a la boca. Temblaba, al menos sus dedos, y sabía que no tenía demasiadas opciones ya, ni sorpresas, ni esperanzas de escapar.

—Sí. Te ha enviado para que cumpla con el trato… y es también lo que tú quieres.

—Hay directivas nuevas en mi programación —Luana sonaba extraña, casi insegura—. Yo, y la corrupción de comandos…

El ciborg se dejaba caer, de pronto,  al piso, golpeando con las rodillas, agrietando las baldosas mientras el cabello alcanzaba a ocultar una serie de expresiones impensables para una máquina.

— ¿Qué te sucede? —Evan giraba y se movía con los brazos extendidos, en dirección a Luana— Hablas de comandos corruptos y caes al suelo como una niña enferma. Ven… —la abrazaba— ya no importa nada. Deberías apoyarte contra la pared.

—No. Yo soy… esto que me sucede… —Luana enfrentaba su rostro al de Evan mientras balbuceaba y le miraba a los ojos— Debes irte de aquí. Vuestra naturaleza es superior a lo que jamás creímos, no sabía… yo nunca supe lo que es… yo no tuve un nacimiento, ni tendré un hijo.

Sórdida fragilidad destilada de las carencias más profundas. La humanidad en la máquina rogaba por una caricia maternal, un llanto real.

—Yo… —Luana mostraba algo que parecían lágrimas— no podía saberlo.

 

*     *     *

Evan acariciaba el cabello de Luana e intentaba ser tan suave que apenas lo tocaba. No dejaba de preguntarse si era real, si era sintético; no dejaba de preguntarse qué era lo que habían hecho con ella. Pero los hechos, por profundo que calen, nunca alcanzan para detener el tiempo, o la consecución de eventos que brotan desde el primer motivo;  la primera causa de todos los efectos.

Entonces, y sin aviso, los músculos del ciborg se tensaron hasta llevar la voluntad a las manos. Correr de un empujón a Evan fue solo un suspiro, empuñar la metralleta y abrir fuego contra lo que estaba a espaldas del programador, un suave parpadeo.

— ¡Que haces! —aullaba Evan, seguro de que Ima era acribillada en ese momento. Pero bastaría con levantar la vista y encontrar que un androide militar caía con la cabeza desecha junto a la madre y su pequeña: Luana también había cortado un cordón umbilical; el propio.

No había tiempo de analizar o conjeturar acerca de nada más. Por el pasillo, justo detrás de ellos, otros tres androides avanzaban, abriendo fuego sobre el ángel mestizo. Y la respuesta no sería realentada por ninguna confusión. Luana, sosteniéndose ya en esas piernas de bailarina, disparaba a mansalva, recibía durísimos impactos, resistía como ningún disidente lo había hecho jamás en revolución alguna.

— ¡Abajo! —Evan gritaba y señalaba a Ima que, absorta, seguía sentada con la niña en brazos— ¡Al piso y te pones encima del bebé!

No hubo más respuesta que los movimientos ordenados. Y Evan, que llevaba el arma más cerca que la foto de su hijo, se disponía a resistir todo lo posible.

—No me sigas —dijo Luana en el mismo instante que una bala le pegaba en el pecho— Lo que haré no es compatible aún con tu capacidad de recuperación física.

Autor: Fernando Silva.

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Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC

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Cero-Uno: Capítulo 32 |ADELANTO|

No voy a decir nada. Estamos ya sobre el final de la novela. Prefiero que se sorprendan, que descubran ustedes qué es lo que sucede.

El adelanto:

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—Detrás de ti —Ima fruncía el ceño y señalaba con la pera lo que explicaba en palabras.

—Luana, sabía que estarías cerca —Evan apenas torcía el cuello, pero con esa sombra a su derecha le bastaba para saber a quien le hablaba.

—Sabes también que no estoy sola, que te seguimos de cerca todo el tiempo a pesar de tus esfuerzos.

Evan parpadeó varias veces mientras se llevaba la mano izquierda a la boca. Temblaba, al menos sus dedos, y sabía que no tenía demasiadas opciones ya, ni sorpresas, ni esperanzas de escapar.

—Sí. Te ha enviado para que cumpla con el trato… y es también lo que tú quieres.

—Hay directivas nuevas en mi programación —Luana sonaba extraña, casi insegura—. Yo, y la corrupción de comandos…

El ciborg se dejaba caer, de pronto,  al piso, golpeando con las rodillas, agrietando las baldosas mientras el cabello alcanzaba a ocultar una serie de expresiones impensables para una máquina.

— ¿Qué te sucede? —Evan giraba y se movía con los brazos extendidos, en dirección a Luana— Hablas de comandos corruptos y caes al suelo como una niña enferma. Ven… —la abrazaba— ya no importa nada. Deberías apoyarte contra la pared.

—No. Yo soy… esto que me sucede… —Luana enfrentaba su rostro al de Evan mientras balbuceaba y le miraba a los ojos— Debes irte de aquí. Vuestra naturaleza es superior a lo que jamás creímos, no sabía… yo nunca supe lo que es… yo no tuve un nacimiento, ni tendré un hijo.

Sórdida fragilidad destilada de las carencias más profundas. La humanidad en la máquina rogaba por una caricia maternal, un llanto real.

—Yo… —Luana mostraba algo que parecían lágrimas— no podía saberlo.

Autor: Fernando Silva.

Licencia Safe Creative.

Código de registro en Safe Creative: 1003105723521

Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC

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Cero-Uno: Capítulo 31 |EDITADO|

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Llega el antepenúltimo capítulo de Cero-Uno. Evan al fin vuelve a la estación de metro, al refugio donde dejó a su familia. Lo que encuentre cambiará muchas cosas, pero no es de él de quien estoy hablando.

Esta semana lanzo también el anuncio de que quedan dos semanas para completar la novela. Pueden ver el video más arriba y, como siempre, un wallpaper abajo.

Mención especial para la revista de arte CRAC! Magazine (puedes unirte al grupo en Facebook aqui>>) que ha publicado dos publicidades de la novela. ¡Gracias mil Kenia FX!

Para leer el capítulo 31, “Metro al metro”, ingresa AQUI►►

Wallpaper de la semana:

Apariciones en CRAC! Magazine:

PD: presten atención a la publi de la derecha… se las trae! :)

Cero-Uno | Parte 6 | Capítulo 31: Metro al metro

Cero-Uno

Parte 6: El sueño, la identidad

Capítulo 31: Metro al metro

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Evan se movía con el amanecer. Se sabía con el tiempo en su contra pero le costaba no volverse hacia el sol que hoy, luego de mucho, salía de entre las nubes con promesa de calor veraniego.

No decidía si ese tiempo de oscuridad debía atribuirse a un fenómeno climático o a los bombardeos… o a una mezcla de ambos. Aunque prefería echarle la culpa a la mano del hombre. Mitad por frustración, mitad por costumbre. Y ahora todo tomaba otro color… o al menos se recuperaban aquellos colores que todos decimos que son los reales… los que relucen en los días de sol, los que nuestras abuelas nos dicen que debemos recordar por bonitos.

—No hay nada bueno que ver —reconoció Evan mientras trotaba un poco cuestión de acelerar el paso —Sale el sol y lo único que me muestra es que esta barbarie puede verse con colores más vivos.

El programador había aprendido a hablar solo hacía mucho tiempo. No se trataba de un incipiente tratado con la perdida de la cordura. Era una forma de detener la vertiginosa gestación de ideas en lo que había bautizado como nebulosa mental. De ese modo podía organizarse mejor; hablándose a sí mismo, contestándose la mayor parte de las veces. Claro que no siempre era una reflexión o un cálculo lo que nacía de entre sus labios finos. Muchas veces era lo que sobraba, lo que no pegaba con nada, lo que solía poner poco menos que a la defensiva a los casuales testigos del proceso.

Algo por el estilo había sucedido el día que conociera a su mujer. Ella pasaba por el pasillo que daba a su oficina en el momento que el castigaba la puerta al grito de: — ¡Me tienes arto con esta ausencia simulada! ¡Deberías volver a estar en ningún lugar en vez de jugar a existir mientras te escabulles!

Evan sonrió un poco y repitió la frase en voz alta. Con las manos apoyadas en las rodillas, jadeando, sonriendo, perdía la mirada en una señal de transito caída; seguía recordando.

Ella lo había escuchado todo y le diría más tarde que no se preocupara, que ella también hablaba sola, en voz alta, pero que prefería imaginar que lo hacía con su madre, muerta años atrás. Habían llorado juntos, ella quizá por revolver esas cuestiones pesadas y tóxicas como el plomo. Él, de felicidad.

¡Cómo había luchado ella para conseguir que Evan tomara la decisión de proponerle matrimonio! ¿Tener hijos?

—Mi hijo.

Se acercaba, ya lo veía, el cartel del subterráneo “M”.

 

*     *     *

 

Los pies indecisos. Una expresión de infantil en el rostro. De inseguridad, de tremendo horror. Movimientos sísmicos en el sistema nervioso, atravesando de ida y vuelta la grieta que separa dos tipos de dolor: físico y espiritual. Es que bajar un par de escalones nunca le había sido tan dificultoso y  tocar el piso de la segunda estación del subterráneo “M” nunca había significado tanto.

Evan no miraba a los costados, tampoco hacia atrás, todo sucedía dentro de un túnel en el que la periferia era un ensayo borroso de la realidad. Recordaba, enfocaba las fotos mentales con los rostros de los suyos mientras se adentraba en las instalaciones.

Primero esa puerta pintada de amarillo. Tras ella olor a humedad y una mínima iluminación indirecta que llegaba desde la calle, atravesando rejillas y respiraderos.

Un par de pasos más y sabría si la suerte de los suyos era la imaginada o cualquier otra impensada. Metros sufridos milímetro por milímetro, el chirrido de otra puerta, la habitación, el escondrijo, la madriguera, la esperanza… vacía.

 

*     *     *

En la habitación no había más que mugre y una frazada; hasta ahí todo parecía indicar que se había seguido el plan. Pero bajo la frazada había un bulto… y Evan no pudo dejar de notar que tenía casi el tamaño de su hijo. Tomar el trapo por la punta fue ya un choque eléctrico a su vapuleado estado cognitivo; al fin correrlo… la peor novedad imaginable.

— ¡La comida! —escupió en un grito desde unos labios ahora blanquecinos y retorcidos. Entonces dio unos pasos hacia atrás. Los ojos, que parecían a punto de desprenderse de sus orbitas, ofrendaban una mínima llovizna al suelo de cerámicos rosados. Y —otra vez— las manos sobre el rostro, los dedos apretando la piel hasta dejarla marcada, la desazón más silenciosa, el dolor más absorbente.

Pero las áreas afectadas por los golpes enseguida se inundan de calor y ese hombre molido y quebrado comenzaba a experimentar el ardor de la ira. Así es que optaba por volver a mirarlo todo, detenidamente esta vez, pero a los golpes; tenía que encontrar los cimientos de una esperanza. Pero lo único que halló fue más espanto. Un hedor espeso llegaba hasta sus narices, ahora que el aire se movía un poco a través de las puertas. Evan se movió lento, en busca de la fuente de sus nauseas. No quería encontrarlo pero le urgía saber que cuerpo estaba siendo corrompido por el abandono. Fue un movimiento brusco y los ojos miraron solo por encima, solo una pasada… un suspiro, un vómito.

 

 

*     *     *

Evan salió despedido de la habitación. La rata muerta que había encontrado tenía el tamaño de un gato grande y, evidentemente, le habían fulminado de un golpe en la cabeza. ¿Habría sido su hermana? ¿Cuánto tiempo había pasado? El animal no estaba tan descompuesto como para decir que fueran semanas. Como mucho, dos o tres días.

Evan estaba mareado y caminaba en círculos imaginando el destino de su familia, no podía hacer más. Era el olor, la oscuridad… ¿y eso? La escasa luz que se escapaba de la habitación se reflejaba en un artefacto cilíndrico y metálico… el casquillo de una bala, dos, cincuenta, el piso regado por los desechos de una balacera.

¡Alguien había disparado frente a la puerta amarilla!

Evan corrió por las vías, con las manos en la cabeza, deseando no haber vuelto nunca a aquel lugar. Pero la realidad más cruda no tiene problemas en abrirse paso entre la locura del horror. Bajo las suelas de sus botas militares, Evan veía otro tipo de brillo. Amorfo, gelatinoso e inesperado. Tocarlo con dos dedos no aportó demasiado, podía ser sangre, pero no lo era.

El programador comenzaba a soportar mejor aquel juego de espantos. Al menos estaba librándose de los embates de su aparato digestivo. Entonces, volvió a mirarlo todo en busca de detalles; claro que lo interesante estaba destinado a los oídos.

 

 

*     *     *

— ¡Hola! —Gritó Evan en un tono agudo, saturado de ansiedad— ¿Quién hace esos ruidos? ¡Hola!

— ¡Aquí! —una voz femenina hacía ecos que iban llegando desde donde las vías se fundían con la oscuridad.

Evan jamás consideró la posibilidad de estar siendo atraído hacia una trampa. Sabía muy bien que le seguían de cerca los pasos y, a esta altura, le importaba bien poco. Así, y haciendo uso de una apropiada irracionalidad, se internó en el sector oscuro primero corriendo, luego caminando a tientas.

— ¿Dónde están?

—Aquí, a unos metros… estoy sola.

Evan se detuvo y se agachó para continuar gateando y palpando hasta encontrar un tobillo frío y pegajoso.

—¿Eres la joven que estaba con aquellos…? No recuerdo tu nombre.

—Sí, rompí la bolsa.

— ¿Dar a luz? Que fue de… mi hijo, mi hermana.

Pero la respuesta, si era que la había, era tapada por un gemido, una contracción.

— ¡Dónde! —gritó Evan sintiendo que la garganta se le despedazaba.

—Por favor… yo no sé… —la muchacha rompía en llanto.

—Me vas a decir que pasó con ellos… ¡Me lo vas a decir desgraciada!

—Se los llevaron… yo… ellos me escondieron para protegerme. Tu hermana me dijo que su embarazo estaba menos avanzado que el mío, que podrían defenderse. Me ocultaron para que pueda tener a mi bebé… ¡y se los llevaron! ¡Las máquinas se los llevaron!

Los gritos de llanto colmaron el túnel con ecos de tristeza e impotencia. Y Evan, que sentía que le habían arrancado algo, caía en que su hermana y su hijo se habían sacrificado por una desconocida y un bebé… ese que estaba por llegar.

 

 

*     *     *

Evan se las había arreglado para llevar a Ima de vuelta al refugio. No sabía bien de donde había sacado las fuerzas, pero había sido poco menos que a la rastra; aún así ella no parecía haberlo sufrido demasiado.

Y habían llegado. Evan miró en rededor sabiendo que no encontraría ni toallas ni agua caliente. Era todo lo que sabía acerca de recibir bebés y era muy consciente de que su magro instructivo lo había sacado de las películas en las que los protagonistas piden a los gritos: “¡Toallas! ¡Agua caliente!”. Quizá era buen momento para lamentarse por no haber tomado ese curso de parto con la madre de Leónidas, pero la urgencia del momento se hacía espesa en el aire; tenía que entrar en acción, con o sin los elementos. Ima estaba ya recostada sobre la frazada y separaba las piernas en el modo en que a Evan se le ocurría que sería el correcto.

— ¡Puja! —ordenó buscando una convicción inexistente.

— ¡Sí! ¡Es lo que hago! —la voz de Ima se desgranaba en quejidos, gemidos y soplidos no muy rítmicos.

— ¡Pero no veo nada! No hay nada aquí…

—No… no, falsa alarma —Ima volvía a respirar con ritmo amable —Pero si quieres ver si sale… primero sería mejor que mires.

Evan, que clavaba la mirada a un lado, buscó los ojos de Ima. Le ponía muy incómodo la situación. No había nada de sexual en mirar los genitales de la joven en semejante situación, pero los vericuetos de la psiquis del programador exigían, como mínimo, un previo permiso verbal.

—Bien, comprendo —susurró mientras se incorporaba, llevándose una mano a la frente y otra a la cintura.

—Cuando llegue el momento… —continuó — Avísame que encontraré la forma de ayudarte.

Si bien el tono con el que había hablado estaba más cerca de la suavidad que de la desesperación, el sistema nervioso de Evan se derrumbaba con el estruendo de un edificio. Pruebas eran su constante parpadeo y la velocidad con que movía los ojos, todas direcciones, enfocando en imágenes que se sucedían vertiginosas.

Tal vez fuera esa la causa de que no viera la obvia y furtiva sombra que se movía delante, a solo unos metros, sobre las vías del subterráneo. Lo que fuera, se descuidaba ahora. El segundo movimiento era descarado, tan obvio que Evan no pudo más que notar la presencia. Al instante dos sonidos se le clavaban cual dagas en los oídos: un conocido chirrido eléctrico y la voz de Ima, que se volvía a sonar tensa.

— ¡Ahora sí! ¡Creo que ahora viene!

El instinto ganó espacio a golpes en el programador. Evan no pensó en las consecuencias de arrodillarse frente a Ima y restar importancia a esos ruidos que —sin dejar de parecer extraños y ajenos— le resultaban bien conocidos. Pero no había tiempo,  la chica llevaba las manos hacia la zona por la que debía aparecer…

—Es… ¡Veo la cabeza!

La flamante madre comenzaba el camino de un trance milenario, un estado de absoluta fascinación por el dolor más intenso y bello de la vida; desde que las mujeres han sido mujeres.

 

*     *     *

 

Una veintena de minutos más tarde Ima abrazaba su morada, resbaladiza y aturdida niña, mientras Evan se las ingeniaba para cortar el cordón umbilical con un trozo de vidrio que había esterilizado con el fuego de un encendedor.

—No tengo nombre para ella

—No… ¿no lo habías pensado?

—No quería tenerla, ella… no lo sé, no se como fue que quedé embarazada. Un día me desperté mareada —Ima miraba fijo a la niña—, ella ya estaba creciendo dentro de mí. Pensé que sería un descuido. Yo era prostituta.

—Ya veo… ¿entonces?

—No sé —había un dejo de misterio bien guardado mientras hablaba —Me ha dicho tu hermana que eres viudo…

Evan solo asintió, sin expresión alguna.

— ¿Cómo se llamaba ella? ¿Puedo ponerle su nombre?

—Laria… ella era… Laria.

— ¡Qué bello nombre! ¿Te importa?

—No —respondió Evan mientras se limpiaba las manos en los pantalones —. Es un… honor para mí.

—Ella debe estar viéndonos.

—No lo creo, no creo en nada de eso.

Ima movía la cabeza de lado a lado, con una suave sonrisa bajo las lágrimas.

—Sin embargo —continuó Evan—, debo reconocer que a ustedes, un ángel les protege.

Autor: Fernando Silva.

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Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC

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Cero-Uno: Capítulo 31 |ADELANTO|

Estamos llegando al final de Cero-Uno. Si comento demasiado estaría cayendo en la problemática del spoiler o adelanto innecesario por lo que me voy a limitar a publicar un trozo del capítulo 31… y dejarles en ascuas hasta el viernes.

Adelanto:

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En la habitación no había más que mugre y una frazada; hasta ahí todo parecía indicar que se había seguido el plan. Pero bajo la frazada había un bulto… y Evan no pudo dejar de notar que tenía casi el tamaño de su hijo. Tomar el trapo por la punta fue ya un choque eléctrico a su vapuleado estado cognitivo; al fin correrlo… la peor novedad imaginable.

— ¡La comida! —escupió en un grito desde unos labios ahora blanquecinos y retorcidos. Entonces dio unos pasos hacia atrás. Los ojos, que parecían a punto de desprenderse de sus orbitas, ofrendaban una mínima llovizna al suelo de cerámicos rosados. Y —otra vez— las manos sobre el rostro, los dedos apretando la piel hasta dejarla marcada, la desazón más silenciosa, el dolor más absorbente.

Pero las áreas afectadas por los golpes enseguida se inundan de calor y ese hombre molido y quebrado comenzaba a experimentar el ardor de la ira. Así es que optaba por volver a mirarlo todo, detenidamente esta vez, pero a los golpes; tenía que encontrar los cimientos de una esperanza. Pero lo único que halló fue más espanto. Un hedor espeso llegaba hasta sus narices, ahora que el aire se movía un poco a través de las puertas. Evan se movió lento, en busca de la fuente de sus nauseas. No quería encontrarlo pero le urgía saber que cuerpo estaba siendo corrompido por el abandono. Fue un movimiento brusco y los ojos miraron solo por encima, solo una pasada… un suspiro, un vómito.

Autor: Fernando Silva.

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