La siguiente es una nota que desarrollé pensando en como, poco a poco, vamos en camino de convertirnos en cyborgs. ¿Será la cruza entre la máquina y el hombre el salto evolutivo más grande de la historia?
////////////////////////////////////////////////////
Cyborgs en la vereda
1. El camino
En ocasiones experimento un serio pesimismo acerca de las relaciones humanas. Este sistema que nos une en comunidad no solo es complejo sino que —al mismo tiempo— tiende a alienarnos. Paradoja o no, es inevitable delegar parte de la culpa a los forjadores de nuestro muy occidental modo de vida. Claro que cuando indagamos en las razones que tienden a pudrir nuestros núcleos familiares es que encontramos que el problema viene —como una infección— pegado al germen de la semilla.
¿Es posible un mundo mejor? ¿Se puede soñar con ello?
Quizá, pero si con este deseo evocamos la imagen de una pradera poblada por conejos y mariposas… debo decirle que estamos en aprietos. Reconózcalo, ¿acaso imagina a su hermano y a su suegra recostados en la grama? ¿Qué tal sus vecinos? ¿Y el almacenero? Se hace difícil ¿verdad?
Tendemos a idealizar los instantes de paz como una suerte de reconexión con lo natural, pero lo hacemos dentro de la comodidad de lo individual. De este modo, me cuesta imaginar un futuro en que todos ganemos la pradera para revolcarnos sobre un césped (que no es tal) e interactuar con tiernos animalillos dispuestos a ser nuestros amigos mientras no nos den ganas de comer un asado. Es más, me cuesta imaginarnos en la pradera sin encontrarnos buscando el mejor lugar para emplazar un enorme y lujoso hotel desde donde observar tanta belleza… afuera.
En mi humilde opinión, se hace claro que transitamos un camino diferente, alterno a lo natural, de la mano de nuestras tecnologías.
Ni bueno ni malo; diferente.
2. Ser digital
Hace ya varios años leí un libro de Nicholas Negroponte (fundador del MIT Media lab) en el que se postulaba la idea de que nuestra civilización caminaba, de manera lenta pero consistente, hacia un futuro digital. Negroponte teorizaba acerca de mercados revolucionados por nuevas tecnologías y apostaba a —como mucho— grandes sistemas de comprar y venta por medio de la —por aquel entonces incipiente— World Wide Web.
Eran tiempos de grandes cambios. Ese grupo de nerds que en los años ochenta jugaban a quebrar códigos telefónicos para realizar llamadas internacionales sin costo habían mutado en empresarios de un mundo virtual. Así llegó el boom del .com, las desorbitadas cotizaciones en bolsa de compañías fundadas en casas rodantes y el subsiguiente y lógico desmadre de la explosión de la burbuja.
Claro que no todo estaba perdido. De las cenizas del .com nacía la Web 2.0, con sus blogs y foros, ensayos de lo que llegaría más tarde: las redes sociales. Internet se mostraba como un medio de comunicación enorme e incontrolable y ya se podía hacer la compra semanal por medio de un sitio… el único problema es que las computadoras, el hardware, seguían siendo un tosco pedazo de plástico, vidrio y metal ocupando los escritorios de medio planeta. Nadie, en su sano juicio, podía pensar en un ordenador como algo menos que aparatoso, incluso en sus versiones portátiles. La tecnología avanzaba al paso de la ley de Moore pero el Fax (monstruo precámbrico) seguía reinando en las oficinas por sobre la comodidad económica y ecológica del correo electrónico.
Al mismo tiempo, los salones de chat se presentaban como la nueva “pradera”. Noticias de miles de millones hablando “gratis” por internet, noticias de “peleas” por la Web… noticias de casamientos. Internet se adaptaba al hombre, poco a poco, pero no dejaba de estar confinada a ese trasto espantoso en medio del living.
3. ¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡He visto un lindo cyborg!
Hoy, tras levantarme, fui a ver el sol. El mediodía se mostraba quieto como el de cualquier otro domingo. Ningún automóvil, un par de perros, los pájaros de siempre y tres o cuatro cyborgs: el vecino con su audífono, caminando como cada mañana; una muchacha escuchando música desde su celular y enviando mensajes de texto al mismo tiempo; un niño sentado en la puerta de su casa con su madre y una netbook, el atleta de la otra cuadra escuchando radio con su móvil y controlando las pulsaciones con una aparejo que se ata en la muñeca… un verdadero desfile de personas con sus máquinas, cada cual en su pradera personal.
La tecnología de la miniaturización nos trajo ordenadores cada vez más ubicuos y, denlo por hecho, lo seguirá haciendo. Cada vez más aparatos traen integrados pequeños procesadores que tienden a unirse en redes, a suplir nuestras necesidades comunicacionales, físicas y emocionales; lo mejor es que no los vemos. Al móvil o celular lo seguimos considerando como un teléfono pero dista ya mucho del invento de Antonio Meucci (no, no fue Graham Bell) con el que solo podíamos decir “Hola” y esperar una respuesta. Los móviles son verdaderos ordenadores portátiles que nos conectan con esas otras personas que esperamos, estén en nuestra pradera. Y qué decir de los lentes de realidad aumentada, que nos ofrecen información en tiempo real de lo que estamos observando o de los siniestros implantes que algunos gobiernos amenazan con hacer obligatorios y que pueden significar tanto como estar —o no— dentro del bendito sistema.
También podemos hablar de las prótesis, como el audífono del vecino o los lentes que permiten que algunos ciegos diferencien formas y colores, al conectarse por medio de la lengua. Y qué decir de brazos y piernas biónicos que no solo funcionan con los nervios que han quedado en el muñón sino que también amenazan con presentar aptitudes tan necesarias y estimulantes como el tacto… todo esto, la semana entrante.
Podemos extender la mirada, ver como en unos años llevaremos nano procesadores en nuestros cuerpos que medirán nuestra presión sanguínea y podrán alertarnos de cualquier riesgo orgánico, así como también conectarnos con cualquier artefacto que nos rodee o controlar un robot a distancia para que haga las cosas que no queremos hacer.
No hay límites, lo vemos, lo vivimos, lo palpamos. Solo resta asimilar la idea de que seremos asimilados por nuestras propias máquinas… es que la pradera está hecha a medida y viene con pasto de silicio.
Si me preguntan (que no lo han hecho) veo muy probable que la evolución del hombre este directamente relacionada a la integración de las máquinas en nuestros organismos. Juntos, en el abrazo bio-digital, mejoraremos o nos destruiremos por completo. Lo que es innegable es el camino, el paso que llevan esos cyborgs en mi vereda.
Autor: Fernando Silva.
Licencia Safe Creative.
Código de registro en Safe Creative: 1003105723521
Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC
Todos los derechos reservados.
Esta obra está protegida por las leyes de propiedad intelectual y disposiciones de tratados internacionales, y no puede copiarse, difundirse o distribuirse sin la autorización del titular de los derechos.











