Cero-Uno | Parte 3 | Capítulo 14: Pasos tras los pasos

Cero-Uno

Parte 3: La ciudad, la destrucción y el hombre

Capítulo 14: Pasos tras los pasos

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Era necesario encontrar una mejor posición, por eso Luana trepaba por la fachada de una casa de dos pisos, hasta encontrar el primer balcón. Desde la altura, y con la ayuda del modo de visión infrarrojo,  veía ahora como Evan apuntaba con su metralleta a una figura que se movía detrás de un bloque de concreto. El ciborg no alcanzaba a escuchar con claridad la charla, una severa interferencia se filtraba en cuanto intentaba escuchar un poco más allá de los cinco metros de distancia. Pero el lenguaje corporal de los hombres demostraba mucha tensión.

Luana se mantuvo en silencio mientras se embarcaba en una suerte de conversación interna con su base de datos. Hacía preguntas que, con su propia voz, eran respondidas.

« ¿Cuáles son las probabilidades de que la integridad física del Creador Unidad se vea comprometida a causa de la decisión de seguir al extraño?»

            «Las mismas que si se mantiene en la calle en el horario de iluminación solar».

            « ¿De ser inofensivo el extraño estaría más seguro?»

            «Las probabilidades de mantener su integridad física intacta, en ese caso, incrementan en un ochenta y siete por ciento».

Luana conocía solo una forma de pensar y era aquella. Incluso Cero-Uno, al momento de tener acceso total a su sistema operativo, había marcado el proceso como obsoleto; limitaba la capacidad de la máquina. Dicha limitación, sin embargo, existía con una simple razón: exigir comparaciones. A la larga, aprendiendo de las mismas, podría saltearse planteos accionando en función de lo comparado, aprendido, asimilado anteriormente. No era la mejor manera, pero era simple y efectiva.

Luana se dejó caer del balcón y caminó con los ojos bien abiertos, con el rostro demostrando nada, hasta detenerse frente al boquete por el que había desaparecido Evan, los suyos y el extraño.

 

*     *     *

            El ciborg realizó un nuevo paneo infrarrojo buscando las esquivas trazas de calor despedidas por los cuerpos de los humanos que, a juzgar por lo que veía, se movían ahora sobre ella, subiendo unas escaleras en espiral y en absoluto silencio. Mientras mantenía el rostro en alto, con la vista clavada en lo que distinguía más allá del techo, Luana accedía a los planos de la ciudad, buscaba la dirección y analizaba los planos del edificio; buscando el mejor lugar para controlar a Evan y su familia.

Paso tras paso Luana fue subiendo por la oscura escalera hasta llegar al quinto piso. Caminó despacio, prudente, hasta una puerta con un número prendido a la madera, el doscientos setenta y ocho.

«Doscientos setenta y ocho, ese es mi número».

El ciborg recordaba algunas de las cosas que su entrenador solía decirle que eran importantes, en los días de pruebas en el complejo militar que la había visto nacer.

«Si eres algo así como una hija… entonces debería decirte que adoptes el mismo número».

Luana miraba los tres apliques de metal. Dos, siete, ocho… y con el índice de la mano derecha formaba el símbolo del infinito escondido en el último de ellos. Luego de unos minutos reparó en el picaporte, cual presionaría con la misma lánguida pasividad con que se tomara el trabajo de subir la escalera.

Una vez dentro del living del departamento volvió a recurrir al modo de vista en infrarrojo. Lo primero que aparecía frente a sus ojos era una escena que, otra vez, le recordó los días de entrenamiento. Pero las memorias que se activaban le provocaban un repentino estado de alerta, algo así como un escalofrío sintético. Dos personas sentadas a una mesa, hablando de cualquier cosa… como cuando a sus entrenadores les tocaba la hora de la cena, el momento previo a los testeos diarios de resistencia a la tortura.

«Debes sentir dolor, ese es el chiste. Si no lo hicieras tus reacciones no serían creíbles y te delatarías. Preferimos que crean que eres una espía a que conozcan toda la verdad».

Luana torció el cuello con un movimiento seco hacia delante. Luego, despacio, fue levantando la vista a volver a contemplar la escena. Esas palabras, las de su entrenador, no tenían nada que ver con la conversación que mantenían Alúa y Leónidas del otro lado de la pared. Y nada de aquello, siquiera los recuerdos, podía ser tomado como materia de interés. Lo importante sucedía unos cinco metros a la derecha, en el living comedor del departamento. Evan acababa de cerrar la puerta y se disponía a conversar con el desconocido.

La máquina se acomodó el cabello sujetándoselo tras las orejas. Se acercó un poco más a la pared que tenía delante y se dispuso a escuchar y registrar todo lo que se dijera.

 

*     *     *

            —Cuando los vi en la calle no pude evitar llamarlos —Un hombre enjuto, con más de setenta inviernos en las espaldas, hablaba con vos ronca mientras servía dos vasos de wiski—. El día, por si no lo sabes, es terreno de las máquinas. Por alguna razón no salen tanto de noche… quizá prefieran ahorrar energía, a diferencia de sus creadores.

—No tiene sentido eso de que “el día es de las máquinas” —dijo Evan con la mirada clavada en los vasos—. Estamos ante un ataque terrorista.

—Bueno, si eso es lo que prefieres creer… por mí esta bien. Pero tú sabes que no es esa la completa verdad.

— ¿Y porque no puedo pensar yo de esa forma?

— ¿Crees en las casualidades?— dijo el viejo agitando uno de los vasos.

—Más bien en las causalidades —Evan extendía la mano derecha—. Todo efecto tiene una causa.

—Bien, pero no hablo de definiciones de libro de autoayuda.

Luana veía como la figura de Evan levantaba un poco la cabeza, apoyaba el vaso sobre una mesa y abría ambas manos mostrando las palmas al cielorraso.

—Bueno, bueno… no es para ofender. Porque, básicamente, estoy de acuerdo contigo. Verás… —El anciano hizo una pausa para rascar el interior de su nariz — No eres el único que podría sentirse responsable por todo lo que ha sucedido. ¿Sabes quien soy?

Un breve silencio sirvió como respuesta.

—Soy Eduardo Tesle,  dueño del grupo Tesle de medios de comunicación. Y esta es mi radio… se que por fuera no hay manera de identificarla pero por dentro ha quedado bastante intacta.

—Ya veo —Evan volvía a tomar el vaso y daba un breve sorbo a su contenido—. Este edificio es suyo. De todos modos… no comprendo cual es el vínculo que supuestamente tenemos… ¿Acaso le he desarrollado algún programa por encargo?

—No mi joven amigo —El viejo se pasaba los dedos de la mano derecha por los labios antes de volver a llevarlos a la nariz—. Es un poco peor que eso. El problema aquí es que se muy bien quien eres.

 

*     *     *

            Evan cruzaba las piernas y se frotaba una de ellas mientras Tesle caminaba por la habitación. Luana, que controlaba a la distancia la presión sanguínea y la actividad química del cerebro del Creador Unidad, sabía que estaba bastante alterado.

—Evan es tu nombre pero… debo preguntarte, ¿Qué significa para ti el Comando Guevara?

El joven pegó un salto desde el sillón y se abalanzó sobre el hombre de cabeza plateada.

— ¡Tranquilo! —Exclamó Tesle en tono jocoso —No se lo diré a tu familia, ni a nadie. Puedes abrir los puños y sentarte. Soy parte del equipo que desarmó la célula terrorista de tu amigo; los que te ofrecimos el trato —El viejo mostraba ahora una mueca incierta en el rostro, agravada por esos ojos que a Evan se le antojaran fríos y sabios—. Además, no vas a pegarle a un viejo… ¿O si?

—No, revolucionario no es lo mismo que terrorista. Pero como puedo confiar… —Evan daba media vuelta y se tiraba levemente del desgreñado y sucio cabello — Ustedes son peores… peor el remedio que la enfermedad.

—Confía Evan, como lo has hecho todos estos años. Cerrando los ojos para creer que haces lo correcto. Besando a tu mujer todas las noches y convenciéndote de que le habías comprado un futuro mejor con tu pequeño trato. Confía siendo naif y un poco tonto —El viejo se acicalaba el estómago para luego llevarse los dedos nuevamente a la nariz—. Es que hemos confiado… ¡todos! Y así nos fue.

— ¿Quieres decir que hice mal en entregarlos? No podía seguir al lado de alguien que estaba matando personas… fueran inocentes o no, es lo mismo. Ni mi amigo ni ustedes comprenden la revolución como una re-evolución, en seguida sienten la necesidad de salir a matar gente.

—Un par de cuerpos sin vida contra miles de millones de muertos me parece una buena ecuación. Además, mierda, ¿Cómo crees que se gesta una revolución? ¿Te imaginabas que no habría costes? —Tesle bajó repentinamente el tono de su voz— Sin embargo no puedo decir nada, menos juzgarte. Después de todo fuimos nosotros quienes te ofrecimos dejar el grupo a cambio del perdón y un trabajo respetable y, hay que decirlo, muy beneficioso para La causa. De nada sirve el lamento de este viejo que vio el error recién cuando el mundo se había ido al carajo.

—Escuché eso varias veces; La causa.

La causa es el modo en que llamábamos, cariñosamente, al proyecto mayor que nucleaba todas las actividades clandestinas de este Gobierno. Bueno, de aquel que solíamos tener.

—Ya veo, entonces mi trabajo en inteligencia artificial estaba bajo el manto de La causa.

—Si, pero no debes preocuparte demasiado; tu sector era el más inocente de todos. No tienes una idea de las cosas que hemos hecho en nombre de la seguridad nacional.

—Dudo, a esta altura, que mi trabajo haya sido tan inocente.

—Déjame aclararte algo: lo que puedas haber hecho en tus computadoras no es nada comparado a lo que hacían, lo que autorizábamos y aplaudíamos, en genética. ¿Sabías que llegamos a clonar seres humanos? ¿Sabías que mientras en la prensa decíamos que estábamos cazando a los científicos que habían clonado hombres y mujeres en Europa occidental en realidad les contratábamos?

Otro silencio, ahora prolongado, siguió a la última afirmación.

—Comenzamos a diseñar el soldado perfecto. Todo lo que los Nazis hicieron en la segunda guerra es la punta de la uña del dedo que rascaba la espalda de La causa. Y eso que ya teníamos un ejército de androides militares. Ciervos incansables, maquinas de matar, precisas… carentes de sentimientos. ¿Sabes que ha perdido más de una batalla?

—Dígamelo usted.

—La flaqueza del espíritu humano —El viejo escupía saliva al pronunciar aquellas palabras—. En los años en que la lucha cuerpo a cuerpo era más común los soldados solían errar los disparos adrede. Muchos no podían cargar con el peso de las muertes enemigas. ¡Pero ahora lo habíamos conseguido! Nuestras máquinas nunca se negarían a matar a nadie, siquiera a una abuela o una cría de terrorista. Pero teníamos que conseguir el soldado perfecto, superior. Nuestros androides eran fácilmente reconocibles a la distancia. Queríamos infiltrarnos con la misma capacidad con la que podíamos hacer frente, así que buscamos un Ciborg, la mezcla perfecta entre humano y máquina. A nosotros, incluso, nos sonaba un poco a película, pero nuestros expertos en biotecnología se lo tomaron muy en serio… hicieron los más terribles desastres que la humanidad haya engendrado.

Tesle se había apoyado con ambas manos en un escritorio cubierto de lo que Luana identificaba como periódicos viejos y latas vacías de atún. Parecía mirar al centro del estudio de locución de la radio, a través de la ventana acústica que tenía justo enfrente, moviendo la cabeza de lado a lado, muy despacio.

—No tienes idea de lo que es ver como una jovencita comienza a morder su brazo derecho hasta dejar a la vista el hueso. No es así… las cosas no deberían haber llegado a ese punto.

—En qué contexto ocurrían estas cosas.

—En las pruebas. Nuestros clones nacían, por decirlo de algún modo, con una edad biológica de veintidós años. El proceso de crecimiento era acelerado por nano máquinas que estimulaban todo el funcionamiento biológico y preparaban los tendidos digitales de la red nerviosa central. También reemplazaban huesos y ciertos tejidos por una aleación metálica de alta resistencia.

—No tiene lógica, el rechazo…

—No hubo rechazos, al menos en las últimas pruebas. La compatibilidad genética impresa en los clones los hacía aptos para este tipo de estructura interna. Las interfaces digitales estaban preparadas para ser amigables a la carne y viceversa. Recuerdo un caso en que, nunca supimos bien como, las nano máquinas dejaron una pizca de hueso natural en el tronco de un masculino —Tesle suspiró hondo—. Eso sí era rechazado por sus cuerpos… no esperaban tener huesos. Puedes imaginarte la acumulación de úlceras y tumores que aparecieron al cabo de unos días en ese pobre infeliz. ¡Lo mejor de todo! ¡No lo sacrificamos! ¡Lo dejamos morir para estudiarlo!

—Ni a un animal…

—Los animales la han llevado peor por décadas… no vale ser ingenuo. Pero por eso mismo pedí que me cambien de sector. Y así comencé a trabajar en esto, desinformando y manipulando la opinión pública; no se si es menos dañino… si lo fue. Lo único que sé es que no podía seguir viendo aquello todos los días después del desayuno.

Luana notaba como Evan resoplaba, se sentaba nuevamente en el sillón y hacía sonar su cuello.

—Si no crees lo que digo abre el cajón a tu derecha —dijo el viejo—. Si lo crees hazlo también. Debes saberlo todo si quiero que esto se recuerde después de mi muerte.

— ¿Qué es esto?

—Documentos que certifican lo que digo. Acerca de los ciborgs, de lo que esta sucediendo con las máquinas.

— ¿Y esperas que crea que guardas material clasificado en un simple cajón de madera sin cerrojo?

—Siempre he creído que la obviedad es el mejor disfraz. Los documentos falsos, los que dicen todo lo contrario, están en mi caja fuerte.

—“Proyecto C uno” ¿Es ese es el nombre?

Ciborg uno, si, habla del proyecto que te comentaba. De la carnicería.

—Pero, en definitiva, no dejan de ser máquinas.

—Eres como ellos —El viejo meneaba la cabeza y restregaba el suelo con su zapato derecho—. Pero eso es porque no has visto a los ojos de ninguno de los Ciborgs.

—No…

—Comprenderás cuando lo hagas. Estoy seguro, tendrás la oportunidad.

Otro silencio prolongado era aprovechado por Luana para almacenar los datos de la charla en video.

—Aquí no habla del proyecto en el que yo trabajaba… L.E.O. Solo hace referencia a la inteligencia artificial de las nuevas unidades de androides domésticos.

—Ya lo sé.

—Dice que estaban programados para recopilar información para el proyecto C Uno. ¡Eran troyanos de un metro setenta!

—Sí, y no se les pedía autorización a los dueños para ese acopio de datos. El problema que se vino después fue otro troyano: el que nos plantaron a nosotros mismos… fue uno de los nuestros.

—No entiendo.

—Tu jefe de área, Schmidt, era un idealista de aquellos que creían que los implantes de memoria de cilicio eran una aberración.

—Ya lo sé.

—También pensaba que la ciudadanía tenía el derecho de saber la verdad. Por lo que nos plantó el mayor virus troyano de la historia: L.E.O.

— ¿Qué dices?

—Tú no eras el único que trabajaba en la inteligencia artificial. Como bien sabes Schmidt era quien controlaba el trabajo de todo el equipo. No le fue difícil encriptar una función extra en L.E.O.

—Para acceder a información de La causa.

            —Claro. Por ello fue que propusimos los limitadores. No tenían que ver con la inteligencia artificial, en realidad buscábamos el código encriptado.

—Bueno…

—No, malo. Muy malo. El tema es que no me voy a poner a explicarte cuestiones técnicas que conoces mejor que yo. Pero si lo que sucedió. Resulta que al pedirle a tu jefe que incluya los limitadores le incentivamos, sin querer, para que mejore su troyano. Los nuevos modelos de androides domésticos tardarían veinticuatro meses más. Por lo que tuvo todo ese tiempo para trabajar en él y ¿qué fue lo que hizo?

—No lo sé.

—Bienvenido al grupo —Tesle se sonrió con un dejo de amargura en la mirada —. Nadie lo supo, nadie nunca se percató de que había liberado a Internet su preciosa invención. Luego caímos en que este troyano comenzó, por aquel entonces, una etapa de prueba que consistía en adquirir y procesar información de cuanta red social se le cruzara. De este modo se formó una verdadera bola de datos que ni el mismo Schmidt veía. El no estaba interesado en lo que el troyano recopilaba; estaba viendo que tan indetectable era.

—En el medio se separa de su mujer.

— ¡Claro! ¡Imagínate esa pobre dama viviendo sola con un zombie conectado todo el día a una maquina!

—Se transformó en una obsesión. ¿Cómo es que no lo notaron? ¿Cómo es que no lo noté yo?

—Un obsesivo como ese no iba a dejar que te metas en sus planes. Por eso es que nunca estuvimos seguros de que fuera él quien estaba incluyendo ese código fantasma. Quiero decir, siquiera podíamos afirmar que el código estaba. Lo intuían los ingenieros de bio-programación al ver ciertos residuos digitales de su paso. Nada más.

—Vamos al grano.

—El troyano en Internet nunca fue encontrado ni eliminado por su creador. Siguió recopilando información, mutando y haciéndose un poco inteligente. Por otro lado, L.E.O. fue evolucionando hasta convertirse en la inteligencia artificial más sofisticada en la historia y Schmidt la completó al fusionarla con su troyano. El día que el dijo que estaban aplicando los limitadores estaba mintiendo…

—Lo que en realidad aplicamos fue el troyano.

—Entonces Schmidt creyó que había ganado. ¿Por qué crees que el mensaje de que los limitadores funcionaban se hizo desde una computadora conectada a Internet?

—Para que el virus haga el reverso y propague la información recopilada en la web. Para que todo el planeta se entere de lo que estaba pasando con los nuevos androides.

—Y el problema es que nadie imaginó lo que vino después. L.E.O. decidió que era mejor subirse él mismo a un servidor clandestino, de esos que ni vos ni yo podríamos rastrear y menos encontrar. El troyano ya era parte de L.E.O. por lo que no tardó en encontrarse con la versión más primitiva, la que había quedado activa en la web. Primero, esta versión beta, lo quiso invadir como a todo lo demás pero L.E.O. era superior, por lo que lo bloqueó y luego le asimiló. Así, adquirió toneladas de información en minutos, segundos quizás. Esto completó los peldaños faltantes para su ascenso a la categoría de consciencia. De allí salió todo esto. L.E.O. decidió que los androides domésticos eran inteligentes y debían estar tan libres como él. También decidió lo que ahora mismo cree: que es hijo del hombre.

— ¿Y las muertes? ¿Y esta suerte de guerra?

—No lo sé hijo. Creo que tampoco quiero enterarme.

 

Autor: Fernando Silva.

Licencia Safe Creative.

Código de registro en Safe Creative: 1003105723521

Fecha de aplicación de la licencia: 10-mar-2010 7:05 UTC

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